Andrés Romero se agranda en los "Majors"
El 8 de mayo cumplirá 28 años, el joven Pigu, el humilde caddie de la tucumana Yerba Buena, pequeño de estatura, pero capaz de transformarse en un gigante, merced a su instinto nato de ir siempre al frente, sin preocuparse si se hunde, porque permanentemente cree en la posibilidad de la proeza por su constante manera positiva de pensar.
En el imaginario de la gente de golf se instaló que Andrés Romero juega como juega “porque no le importa nada”, y eso supuestamente actúa como el principal antídoto del tucumano para sacarse de encima la presión. Pero en realidad, su virtud no pasa por no sentir presión, sino por la forma en la que la enfrenta.
Romero no tiene una forma convencional de combinar su juego y su mente. Muestra los altibajos clásicos del golfista argentino, pero no se enoja como la mayoría, no permite que la desesperación o el sentimiento de inferioridad lo manejen, y cuando le toca pagar caro un error es cuando muestra que es diferente del resto.
Lo peor que les puede pasar a sus rivales es que Pigu esté cómodo con sus sensaciones, que confíe en su swing. En esos casos no hay bogey ni doble bogey que sirvan para hacerlo dudar, para abandonar lo que venía haciendo hasta allí. A esos contratiempos les responde con birdies. Es curioso cómo sale de los momentos difíciles apostando en positivo, buscando un birdie en el hoyo siguiente, sin conformarse nunca.
Y esa estructura de pensamiento se traslada de una vuelta de golf a lo que sucede entre un torneo y otro. En el final del British Open 2006 de Carnoustie, en los primeros hoyos se notó que estaba sólido con el swing y fino con el putter, aunque falló dos chances para birdie. En el 3 no lo dejó escapar. Allí se enchufó Romero y sintió que todo era posible, porque también bajó el 4, el 6 y el 8.
Ya las ambiciones cambiaban de un posible top 10 a ponerle presión al líder. Claro que esperaba uno de los karmas del Pigu en este torneo: el hoyo 9: volvió a fallar a la derecha, cayó en el búnker anterior al green y no logró hacer approach y putt. Parecía un freno para el tucumano, y en cambio sirvió para sacar a relucir otra característica de su juego: a un error le responde con un acierto.
Bajó el 10 y el 11. En el tee del 12 estaba igualado en la punta con -7, pero la suerte le jugó en contra: cayó al rough de la derecha y su approach pegó en un marshall y se metió debajo de una planta. Tuvo que dropear con penalidad en el tee del 8, y no pudo salvar el doble bogey. Otra vez pareció que el sueño terminaba, y en realidad estaba comenzando.
Porque Romero volvió a mostrar su coraje y se ganó definitivamente a la gente con cuatro birdies consecutivos que lo dejaron solo en la punta y con dos de ventaja, a través de 10 birdies, un bogey y un doble bogey.
El 17, es la desgracia para los aficionados a los números. La salida quedó en el rough, pero tenía un buen asiento para llegar al green. Sin embargo dudó mucho en la elección del palo y le pegó tan mal a la pelota, que le salió un rastrón a la pared del arroyo y de allí al fuera de límites. Dropeó en el mismo lugar y alcanzó el green, pero se tomó dos putts y cedió la vanguardia. Ese golpe fue demasiado para el. Salió con un gran drive en el último hoyo, aunque su cabeza estaba en otra parte. Falló el segundo golpe por la derecha y no pudo sacar el par.
Finalizó tercero a un golpe del desempate de Padrig Harrington y Sergio García. Pero esa definición estuvo lejos de actuar como un bajón. Fue el envión fundamental para alcanzar siete días después su primera victoria en el Viejo Continente, en el Campeonato de Europa de Hamburgo, y una semana más tarde finalizar sexto en el WGC Bridgestone Invitational.
Esta trilogía era una repetición de una serie que lo había dado a conocer un año antes con el segundo puesto del abierto de Escocia, que le abrió las puertas del British Open 2006, en Holyake, donde fue octavo y finalizó cuarto en el Campeonato de Europa de Hamburgo.
550.000 euros en esa serie, 1.800.000 euros en la segunda. Del 157 al 18 puesto del ranking mundial superando a su compatriota Ángel Cabrera.
Llegó el Masters de Augusta 2008 y Andrés Romero lo hizo otra vez. Y empieza a destacarse con tanta continuidad que agota la capacidad de sorpresa. Hacía sólo dos semanas había logrado su primera victoria en el PGA Tour, en Nueva Orleans, y cerró su debut absoluto en el Masters con un 8° puesto que es mucho más que un excelente resultado.
Siguió siendo el joven atrevido con escalofriantes triple bogeys e imposibles tiros que le permitieron birdies asombrosos o conseguir un par increíble. En todos los recorridos del tucumano aquí afloraron situaciones adversas, curiosas, sorprendentes y siempre terminó sobreponiéndose con una actitud fuera de lo común, fiel a su temperamento. Cada vez que las dificultades parecían empujar hacia abajo su rendimiento y su ánimo, surgía con más fuerza y recuperaba el terreno perdido.
Al terminar los últimos 18 hoyos dijo: “Hice una vuelta bárbara. Venía comentando con mi caddie que no erré ningún fairway y muy pocos greens. Pero bueno, un par de tiros malos, un poco de mala suerte y perdí golpes importantes. Podría haber estado más arriba. De todas maneras, estoy feliz, porque jugué mi primer Masters y quedé entre los ocho primeros. ¿Qué más puedo pedir?”.
Así es Pigu. Pocos jugadores son capaces de revertir un día nefasto como el que le tocó a Romero en la segunda vuelta del US PGA Championship. Su recorrido de 78 (+8) le había dado un golpe de KO a sus aspiraciones. Sin embargo, no tuvo un solo gesto de disgusto. Al día siguiente fue otro jugador.
El Pigu sumó sólo 19 putts (jugó tres más desde afuera del green), una cifra asombrosa en estos greens que están considerados entre los más difíciles del mundo. Logró siete birdies, algo que nadie pudo en 18 hoyos en este torneo, y los pocos errores que cometió (dos bogeys) fueron una consecuencia inevitable de un trazado muy complicado. Un 65, cinco bajo el par, récord del campeonato en Oakland Hills.
Para los que lo critican por su forma de jugar, siempre al límite del error, les comento que si hubiera jugado conservador no podría haber logrado éste semejante score. Por supuesto que en algún momento su juego agresivo lo castiga pero lo compensa ampliamente con éste estupendo derroche de buen golf que les mostró a los aficionados estadounidenses.
Así es Pigu. Los números de Andrés Romero desde su debut en los Majors, hace apenas dos años, son sorprendentes: el tucumano disputó ocho, superó el corte clasificatorio en seis y se ubicó entre los 8 primeros en cuatro. Fue 3° y 8°, en el British Open; 8°, en el Masters de Augusta, y 7°, en el US PGA Championship. Finalizó 36 en primer US Open y 32 en el último British Open.
Ayer, 5 de abril de 2009, Vicente “Chino” Fernández festejó su 63ª cumpleaños con un cena. Y me definió las razones de las actuaciones de Andrés en las grandes competencias: “Tiene hambre de gloria y cuando más difícil es la competencia más se agranda. Así fue jugando junto con Tiger, con Mickelson, con Furyk. Tiene talento y una agresiva personalidad que lo hace atacar sin temor a una consecuencia negativa”.
Para mi es un idealista, un quijote del golf. Desde que su tío Miguel lo empezó a moldear en Yerba Buena, Pigu mostró un toque de distinción. No pegaba demasiado largo, sólo se defendía con un gran juego sobre el green, pero había algo más en ese físico fibroso y pequeño que no le sacaba el cuerpo al trabajo. A su capacidad técnica le agregó enseguida una virtud que no se compra ni se adquiere con horas de práctica y dedicación: sentir o conocer interiormente que en la vida se debe tener una mirada positiva, nunca mirar hacía atrás sino siempre hacia delante.
Ya lo expresó Severiano Ballesteros cuando practicó con él en Holyake 2006: “Ese perro tiene hambre”. Una frase que en la jerga significa un jugador distinto, un potencial diferente. Y sin lugar a dudas el Pigu tucumano es diferente.
desde ESPN.com
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